miércoles, 2 de diciembre de 2009


Criterios y debate Ideológico que parece de hoy

En política no hay más moral que la que se desprende de la política misma, como una de sus funciones. Pero, sólo la política que se pone al servicio dc, una gran misión histórica es capaz de atenerse para sus actos a métodos morales que no admitan tacha. Al descender el nivel de los problemas políticos, desciende también, inevitablemente, su nivel moral. Es sabido que Fígaro se negaba a establecer ningún género de diferencia entre la política y la intriga. ¡Y eso que vivió antes de la era del parlamentarismo! Cuando esos predicadores moralistas de la democracia, burguesa quieren encontrar en la dictadura revolucionaria, como tal, la fuente de costumbres políticas degeneradas, no le queda a uno más que alzarse piadosamente de hombros. Sería muy instructivo poder tomar y proyectar una película del parlamentarismo moderno, aunque sólo abarcase los episodios de un año; siempre y cuando que el aparato de toma de vistas no se colocase precisamente junto al sitial del presidente del Parlamento, en el momento de ser aprobada una proposición patriótica, sino en otros lugares muy distintos: en los despachos de los banqueros y los industriales, en los rincones de las redacciones periodísticas, junto a los príncipes de la Iglesia; en los salones de las damas de la política, en los ministerios, etc., permitiendo también que la óptica de la cámara cinematográfica echase una mirada que otra a la correspondencia secreta de los caudillos de los partidos... Lo que sí puede decirse, porque es cierto, es que a una dictadura revolucionaria se la debe medir con un rasero más exigente, en punto a costumbres políticas, que a los hábitos parlamentarios. Las armas y los métodos de la dictadura reclaman, aunque sólo sea por su aguzado filo, una asepsia mucho más cuidadosa. Una zapatilla sucia no tiene gran importancia. Pero una navaja de afeitar sucia es harto peligrosa.
La autoridad personal tiene en política, sobre todo en política revolucionaria, una importancia muy grande, imponente acaso, pero nunca decisiva. Son procesos mucho más profundos, procesos de masas, los que deciden en última instancia la suerte de las autoridades personales. Cuando la revolución seguía una línea ascensional, las calumnias lanzadas contra los caudillos del bolchevismo no hicieron más que fortalecer el prestigio de los bolcheviques. Ahora que la revolución iba en descenso, la campaña de difamación seguida contra las mismas personas, podía ser un arma de triunfo en manos de la reacción termidoriana.
Yo no hago aquí filosofía de la historia, sino que me limito a relatar mi vida sobre el fondo de los acontecimientos, con los que hubo de estar relacionada. Pero no puedo por menos de notar incidentalmente con qué celo lo fortuito se pone siempre al servicio de lo racional. Hablando en términos generales, lo que ocurre es que el fondo racional de todo el proceso histórico se refleja y descompone en una serie de hechos casuales. Usando términos de biología, podríamos decir que las leyes racionales de la historia se van realizando a través de una selección natural de casualidades. Sobre esta base se desarrolla la actividad consciente del hombre, que consiste en someter los eventos casuales a una selección artificial.
Lenin era muy aficionado, a la caza, aunque sólo salía muy de tarde en tarde. Y cazando, a pesar de la perseverancia enorme que tenía para las grandes cosas, se acaloraba extraordinariamente. Así como los estrategas geniales son generalmente malos jugadores de ajedrez, los genios políticos, que tienen gran pulso y mirada certera para sus blancos, suelen ser cazadores mediocres. Todavía me acuerdo de cuando me contó, con tono de desesperación, como algo que jamás podía ya repararse y de que la conciencia le acusaba, que, dando una batida al zorro, había errado el tiro a veinticinco pasos de la bestia. Yo le comprendí perfectamente, y sentí el corazón invadido de simpatía y de piedad.
El proceso interno se desarrollaba con relativa lentitud, lo cual facilitaba a los que estaban a la cabeza de las organizaciones el proceso molecular de transformación, ocultando a la vista de las masas el antagonismo entre las dos posiciones irreconciliables. Hay que añadir que el nuevo espíritu vivió durante mucho tiempo recatado bajo las fórmulas tradicionales, como lo está todavía, en parte, hoy. Esto hacía difícil saber, naturalmente, hasta dónde había llegado ya el proceso de la metamorfosis. La conspiración termidoriana de fines del siglo XVIII (preparada por el curso anterior de la revolución), se verificó de un golpe y asumió la forma de un desenlace sangriento. Nuestro Termidor presentaba, por el contrario, un carácter taimado. A la guillotina sustituía, por el momento al menos, la intriga. La falsificación sistemática del pasado, organizada con arreglo al método de la cinta sin fin, era un arma nueva en el arsenal de todos los recursos oficiales de que disponía el partido. La enfermedad de Lenin y la posibilidad de que, tarde o temprano, retornase a su puesto, daban una gran perplejidad a aquella situación interina, que duró más de dos años. Si la línea de la revolución, en aquel momento, hubiera sido ascensional, aquel paréntesis más hubiera favorecido que perjudicado a la oposición. Pero en el terreno internacional, la revolución iba de descalabro en descalabro, y el compás de espera no hizo más que favorecer al reformismo nacional y fortificó automáticamente a la burocracia stalinista contra mí y mis amigos.
De esta misma raíz psicológica brotó también la batida, verdaderamente mezquina, ignorante y estúpida, que se desató contra la teoría de la revolución permanente. Le parece a uno estar oyendo a aquellos burócratas tan pagados de sí mismos murmurar, apaciblemente sentados junto a una botella de vino o de vuelta del ballet:
-¡Ese pobre diablo no piensa más que en la revolución permanente!... De la misma mentalidad procedían las imputaciones que constantemente me andaban haciendo de que si era un hombre poco sociable, un individualista, un aristócrata, y qué sé yo cuántas cosas más.
-¡No todo va a ser revolución, hay que pensar también un poco en uno mismo! Este estado de espíritu tenía una franca traducción: "¡Abajo la revolución permanente!" En esta gente, la resistencia contra los postulados teóricos del marxismo y las exigencias políticas de la revolución iba cobrando, poco a poco, la forma de una campaña contra el "trotskismo". En los pliegues de este pabellón se envolvía el pequeño burgués que empezaba a asomar la cabeza en el bolchevique. He aquí cómo "se me fue el Poder de las manos"; y conociendo las causas, fácilmente se comprenderá la forma en que ello ocurrió.
Ya Helvetius decía que "toda época tiene sus grandes hombres, y si no los tiene... los inventa". El Stalin ismo es, ante todo y sobre todo, sinónimo de la labor automática de un aparato administrativo impersonal por desmontar la revolución.
"Cuando la curva del proceso histórico presenta tendencia ascensional, la idea social se hace más aguda, más audaz, más inteligente. Abarca los hechos y los hilvana al vuelo con el hilo de la generalización... Pero tan pronto como la curva política se pone a descender, la necedad se adueña de la idea social. El precioso talento de generalización desaparece sin dejar rastro. La necedad hácese cada vez más atrevida y se burla, rechinando los dientes, de toda tentativa seria de generalización, comprende que tiene el terreno por suyo y empieza a ejercer el poder a su modo." Uno de los instrumentos más importantes, de que se sirve es la calumnia.

Me dije: estamos atravesando por un período de reacción. Las clases se están desplazando políticamente. La conciencia de clase está. sufriendo un profundo cambio. Tras del primer impulso y la tensión ascensional, viene la retirada. ¿Hasta dónde irá? Desde luego, se detendrá antes de llegar al punto de partida. Pero nadie puede señalar, de antemano los límites en que ha de contenerse. Dependerá de la pugna entre las fuerzas internas que se desaten. Lo primero es darse cuenta de la realidad de las cosas. Los profundos procesos moleculares de la reacción pugnan por romper la envoltura y salir a luz. Su aspiración es emancipar la conciencia social de las ideas, las palabras y las figuras vivientes del movimiento de Octubre, o a lo menos, atenuar la relación de dependencia que la unen a ellas. Tal es el sentido y razón de ser de lo que está ocurriendo. No caigamos en vanos subjetivismos. No nos queramos enfadar con la
Historia ni sentirnos ofendidos porque ésta discurra por senderos más complicados y tortuosos. El comprender la verdad de lo que ocurre es tener ya media batalla ganada.

La prensa, que no tolera que haya el menor vacío en sus informaciones, no escatima nada para colmarlos. Para que la simiente no se pierda, la naturaleza se encarga de desparramarla pródigamente a los cuatro vientos. La prensa procede de un modo parecido. Coge todos los rumores que encuentra al paso y los echa al voleo, aumentados en tercio y quinto. Y para que se confirme una versión veraz, hay cientos y miles de noticias que mueren en flor. A veces, pasan unos cuantos años hasta que la confirmación llega. Y se daban también casos en que el momento de la verdad no llega nunca.
Lo que a uno más le sorprende es ver, en cualquier asunto en que se halle vivamente interesada la opinión pública, qué extremos alcanza la humana mendacidad. Lo digo sin asomo de indignación moral, en el tono con que habla el naturalista cuando aduce un hecho. La necesidad, y a la par la costumbre, de mentir, reflejan las contradicciones del medio social en que vivimos. Podría uno afirmar, sin miedo a equivocarse, que los periódicos no dicen la verdad más que en casos excepcionales. Y con esto no quiero, ni mucho menos, ofender a los periodistas, seres que no se distinguen gran cosa de los demás mortales. Son, sencillamente, su portavoz y auricular.
León Trostki

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